jueves, febrero 22, 2007
La hermosa cajera del supermercado
No, no la del konbini, no esa preciosura tierna que me mira de lejos y sonrie mientras me saluda respondiendo a mi gesto manual de "hello" cuando entro al local. Ella es linda, pero ya otra había plantado raíces en mí de manera lenta pero constante... bueno, mejor dejemoslo en que la(s) del konbini vendría(n) a ser la segunda opción (jijiji).
Aquella sobre la que versa este post, es la del supermercado donde compro el sushi y las can chu hi. Justo hoy estaba dándome cuenta que ella había registrado mis compras alguna vez, tiempo atrás, en el segundo mes de mi estancia en esta ciudad (que fue cuando por fin me alcanzó para hacer un mercado decente, o para comprar comida, diría yo). Ahora han pasado más de dos años. Como los registradores atienden en distintos turnos pues no siempre me la encontraba cada vez que iba por allá, pero no han sido pocas las veces en que he tenido el placer de hacerle pasar el sensor de código de barras a los productos que desordenadamente enchuto en la canasta.
Entonces, cuando me acerco a las cajas registradoras siempre pongo atención a cuál tiene menos gente pero en realidad estoy es buscándola a ella. Y si tengo suerte, ahí puedo ver su fino y larguísimo cabello de un color cobre opaco que le llega hasta la cintura; siempre lo lleva recogido, y bajo la cachucha del uniforme un capul muy a lo oriental le tapa esos ojitos lindos de los que luego hablaré. Apenas la detecto, me acerco sigilosamente y la voy contemplando así como es: toda flaquita y menudita, casi como de mi estatura; y mientras me aproximo trato de repasar con disimulo esas nalguitas tan bellitas (que no son meras prolongaciones de los huesos de las asentaderas que suelen tener la mayoría de las japonesas sino que, proporcional a su delgadez, son redonditas y más o menos abullonaditas) que se aprietan sensualmente en esos jeans negros que usa como parte de la indumentaria laboral.
Yo la veo y es como si fuera el Chavo del Ocho viendo a Candy ¡ayyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyy su carita tan delicadita! Los labios con un tenue labial rosado brillante y unos dientecitos... raritos como los de casi todas las japonesitas, las pestañas larguitas y llenas de pestañina negra sobre unos ojitos todos grandecitos pero no así feos como los de las vacas sino preciosos como los de las muñequitas que abren y cierran los ojos, que de paso son como de un café claro tirando a verde uva, y sobre ese cutis precioso caen los mechones cobrizos de su capul. Me mira y me saluda (en ese supermercado las hacen saludar en lugar del tradicional y monotono "irasshaimase"), yo le hago cara de idiota mientras trago forzadamente para que no se me salgan las babas porque en ese entonces pierdo el control de los músculos de mis labios que le sonríen fascinados al saludar.
Como tienen cámaras de vigilancia por todas partes y hay gente al rededor, pues no puedo quedarmela viendo como un pervertido todo el tiempo que dura registrando, así que me toca echarle miraditas breves haciéndome el que revisa el contador y alista el billete. Luego llega el momento en que me mira sonriendo y me dice el total (la parte que le quita el glamour a la escena, pero joder qué se le va a hacer, y bueno, al menos ese super es de los más económicos, por eso siempre está lleno). Si me tiene que dar vueltas (cambio), es un chance para seguirla mirando; luego le doy las gracias, y en el proceso me las arreglo para que nos miremos a los ojos unas cuantas veces más. Luego me asusto, digo gracias y me pierdo sin terminar de escuchar su protocolario "gracias por su compra, vuelva pronto" (o algo así). Yo no sé, las otras cajeras no son así, es decir, no sé si es por educación que ella no me hace cara de "¿tengo micos en la cara o qué?", pero las otras no me irradian esa calidez. ¿Será que ese contacto gestual tan placentero es algo que ella también disfruta conmigo?
Sea como sea, Hidechan y yo estamos de acuerdo en que no debemos dejarnos perturbar por esas sensaciones. Tenemos la plena seguridad en que no hay posibilidad alguna de que lleguemos a formar una pareja y seamos felices y comamos perdices (con can chu hi). Así que me he prohibido fantasear romanticamente con ella y mucho menos volver a dedicarle mis sueños húmedos ni mis masturbaciones. Mi vida es patética y no tiene rumbo; cualquier esperanza de cambiar las cosas eliminaria mi conformista statu quo y enamorarme me crearía ansiedades innecesarias. Tengo que ser valiente para seguir siendo cobarde y ya no pensar en esa joven... tan kawaii... ahhh... NO NO, (autobofetón); mejor dicho: dejemos este post y este tema aquí. ¡JUM!
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